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Nota de práctica · 21 de septiembre de 2026

El estanque y el palo: por qué no reaccionar calma la mente

La meditación no vuelve clara la mente. Deja de enturbiarla. Esa es toda la idea detrás de una imagen que encontré mientras construía este curso, y es la primera lección que escuchan los estudiantes.


Estaba en Tailandia, trabajando en el curso, y pasé junto a unos arrozales donde el agua se había acumulado en un pequeño estanque. Era completamente clara y quieta. Se veía el fondo y pequeñas criaturas moviéndose despacio. Todo ocurría muy lentamente, y todo estaba en armonía, como la naturaleza deja las cosas cuando nada las perturba.

Así es como le convendría estar a la mente más a menudo.

Agarré un palo y lo arrastré un par de veces por el fondo. El barro subió y en un momento no quedaba claridad por ninguna parte. Mientras miraba, la nube se extendía, cada vez más.

Eso es lo que hace el estrés, sobre todo en una ciudad: velocidad, ruido, una irritación tras otra. Algo nos activa, reaccionamos, y lo que hay en el fondo —ira, arrepentimiento, culpa, autocrítica— sube y lo enturbia todo. Cuanto más estrés, más barro. En ese estado cuesta incluso imaginar cómo es una mente clara.

Me quedé junto al estanque sin hacer nada. Miré, y el barro se asentó solo.

Una sesión funciona igual. Nos sentamos y observamos, y la mente se asienta, no porque la forcemos, sino porque dejamos de removerla. En cuanto volvemos a reaccionar durante la sesión —a un recuerdo, a un sonido, a una sensación desagradable, a cualquier cosa que no nos gusta—, el palo vuelve a entrar y el barro sube. Cuanto más reaccionamos, más nos quedamos en la ignorancia (avijjā), sin poder ver lo que hay bajo la nube.

Lo que sale a la superficie —como pensamientos, como molestias en el cuerpo—, si no se reacciona, pasa. Un estado desagradable da paso a otro y luego a ninguno. Eso es el desapego (virāga): no una indiferencia forzada, sino simplemente no volver a agarrar el palo.

Con la atención plena (sati) la práctica va más hondo, hacia la raíz de esas impurezas, de modo que cada vez queda menos por subir.

Por eso el curso empieza por la respiración. Primero la mente tiene que calmarse, y se calma mientras simplemente observas la respiración. Si la respiración entra, entra; si sale, sale. Ni pasado ni futuro: solo esta respiración. Con esa calma y esa concentración (samādhi), el trabajo más profundo se vuelve posible.

El mismo entrenamiento se nota fuera de la sesión. Una atención capaz de quedarse con una respiración puede quedarse con una tarea, terminarla y fijarse en sus detalles: justo lo que falta en un día de deslizar pantallas y saltar de una cosa a otra.

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