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Nota de práctica · 21 de septiembre de 2026

Respiración larga, respiración corta: por dónde empieza la práctica

La instrucción del Buda sobre la respiración empieza por algo muy sencillo: si la respiración es larga, sabe que es larga; si es corta, sabe que es corta. Parece demasiado fácil para ser una práctica. Pero con quince minutos basta para entender por qué lo es.


Siéntate y deja la respiración natural. No la diriges, ni la profundizas, ni la ralentizas: solo sabes cómo es. ¿Esta respiración es larga y profunda, o corta y superficial? ¿Qué velocidad tiene, qué fuerza, cuánto dura?

En cuanto prestas atención, la respiración tiende a cambiar y se vuelve más larga o más corta de lo habitual. No pasa nada. Sigue observando lo que hace de verdad, no lo que crees que debería hacer.

Una respiración larga es profunda, y en ella participa el vientre. Una corta es superficial, y la parte alta del pecho apenas se mueve. No hace falta ninguna teoría: el vientre y el pecho solo te indican qué tipo de respiración es. La atención se queda en la entrada de las fosas nasales, donde se siente el roce del aire.

La duración sigue el estado del cuerpo y la mente. La respiración se alarga con la calma y se acorta con el cansancio, la agitación, el miedo o el dolor. Cuando el cuerpo se asienta, puede volverse larga e incluso detenerse unos segundos por sí sola.

Lo segundo que observas es la calidad. Si el aire golpea con fuerza las fosas nasales, la respiración es pesada o burda. Si pasa con facilidad y apenas se nota, es ligera o fina. Estas cualidades importan porque cambian a medida que crece la concentración: la respiración burda se vuelve más fina por sí sola, sin que hagas nada.

Si lo juntas todo, la instrucción queda así:

  • Siéntate cómodo: con las piernas cruzadas sobre un cojín firme, o en una silla. Espalda recta, mandíbula algo relajada, la lengua apoyada ligeramente detrás de los dientes superiores.
  • Cierra los ojos y respira con naturalidad. La atención en las fosas nasales.
  • Conoce cada respiración: larga o corta, burda o fina.
  • Cuando surja un pensamiento, nótalo, no lo sigas y vuelve a la respiración. Una y otra vez: ese regreso es la práctica.
  • Si la mente va acelerada, un principiante puede hacer unas respiraciones profundas o detener la respiración un momento, y luego dejarla natural otra vez.

Parece fácil observar la respiración. La tarea real es quedarse con ella por completo, sin nada más en la mente, y eso es difícil; monjes con experiencia dedican años a las primeras etapas. En el curso las sesiones empiezan con quince minutos y crecen a lo largo de la Parte 2 hasta una hora completa.

Tras un mes de práctica constante, la mayoría nota que tiene menos pensamientos que la distraen, que reconoce y distingue mejor la respiración, que esta se ralentiza y se hace más profunda por sí sola, y que la mente está más clara y tranquila. Nada de eso viene de aferrarse a una sesión concreta. Todo cambia, como un río; la práctica es ser testigo.

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