Nota de práctica · 28 de septiembre de 2026
Quince días en el monasterio de bosque de Pa-Auk
En julio de 2019 pasé quince días meditando en el monasterio de bosque del Venerable Pa-Auk Tawya Sayadaw, en Myanmar. Siempre había querido saber cómo pasan el día los monjes de verdad. Lo que encontré fue una rutina tan sencilla que tardé años en entender lo profundo de su efecto.
Myanmar siempre me había parecido un sitio difícil de alcanzar, y de pronto estaba allí, en un monasterio de bosque auténtico. En mi lista de retiros es una sola línea: 13 de julio de 2019, monasterio de bosque de Pa-Auk, quince días sentado.
Fue en ese monasterio donde vi por primera vez el capitel de los cuatro leones del rey Ashoka: cuatro leones mirando a la vez a los cuatro puntos cardinales, la imagen que la India usa hoy como emblema nacional. Había leído sobre él. Verlo en pie en un bosque de Birmania me puso delante la antigüedad de esta tradición de un modo que la lectura no había conseguido.
Los monjes se levantan temprano, y allí temprano significa alrededor de las tres de la madrugada. El día empieza ofreciendo al Buda una taza de agua, y después van a la sala de meditación.
Siguen varias horas de meditación inmóvil: sentarse, no hacer nada, simplemente observar la respiración. Eso calma la mente y les permite ver lo que ocurre dentro de ella: qué pensamientos aparecen, qué emociones. Me sentaba con ellos cada mañana y trataba de permanecer tan quieto como ellos. La sala está arriba, en el monte, y sentarse allí juntos se sentía como un viaje hecho en grupo, aunque nadie se moviera. El canto de la mañana disolvía cualquier duda que quedara de que aquello era lo más importante que podía estar haciendo con esa hora.
Se sentaban como estatuas, sin moverse un milímetro. Sin reacción, sin expectativa, sin deseo y sin rechazo: mirando, como mira un espectador, mientras se proyectaba otra película de pasado recordado y futuro imaginado.
Para ellos no era un logro, sino la vida de cada día: rezar y meditar, mantener la calma y no reaccionar a nada. Entonces no entendía cuánto cambian a una persona el silencio y un ritmo diario que no varía. Lo entendí más tarde, en casa, intentando conservar aunque fuera una pequeña parte.
El desayuno era distinto cada mañana, y precisamente de eso se trata. La comida viene de quien la ofrece ese día: platos cocinados, verduras, fruta, cereales, frutos secos, a veces incluso suplementos como la espirulina. El monje no elige. Acepta lo que el mundo le da a través de las manos de otras personas.
De camino al comedor hay recipientes grandes donde puede dejar lo que no quiere comer. Y después comen despacio: trozo a trozo, saboreando, notando cómo la comida toca la lengua y qué sensaciones aparecen en la boca. Es la misma práctica de la sala, hecha con una cuchara. Lo último que toman en el día es zumo, a las cinco de la tarde.
Ese último detalle pertenece a la vida monástica y a su propia regla, no a una práctica en casa. No lo copies. Nada en este sitio te pide saltarte comidas, y la página de seguridad dice con claridad que no se ayuna mientras se medita.
Entre los monjes los había delgados y otros bastante corpulentos. Algunos comen muy poco y practican mucho; otros comen mucho y también practican mucho. En dos semanas encontré respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndome: la fuerza de la meditación viene de la mente, no del plato. Los monjes trabajan con la concentración y la atención, y lo que cada uno haya comido esa mañana no influye en ese trabajo.
Un lugar tranquilo ayuda muchísimo. La mente empieza a ver lo que no veía mientras estaba ocupada. Una mente corriente está acostumbrada a hacer algo todo el tiempo, así que cuando la sientas y no la dejas hacer nada, protesta: eso no es normal, si todo el mundo está corriendo de un lado a otro.
El horario no me lo traje a casa. La vida en un monasterio de bosque no se puede trasladar tal cual a una vida con trabajo y familia: si lo intentas, lo dejas en una semana.
Lo que me traje fue algo más modesto: levantarme antes, sentarme siempre a la misma hora, meditar dos veces al día y mantener la mañana en silencio antes de que la invada todo lo demás. Quince minutos por la mañana y quince por la noche, si los mantienes cada día, dan más que un plan ambicioso que dura cuatro días y se abandona. Eso es justo lo que te pide la Parte 1 de este curso, y es la parte de la vida del monasterio que sí cabe en una semana corriente.
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