Nota de práctica · 5 de octubre de 2026
Servir en un curso de diez días: lo que no se aprende en el cojín
En un centro puedes inscribirte como ayudante en vez de como estudiante. Cocinas, limpias, colocas los cojines y meditas tres horas al día en lugar de diez. Parece la versión fácil del curso, pero no lo es.
Todo curso de diez días funciona gracias a personas que no están meditando todo el día. Alguien cocina, alguien friega, alguien prepara la sala antes de la primera campana. Esas personas se inscribieron en el mismo curso, con el mismo formulario, pero con otro papel.
Yo lo hice por primera vez en mayo de 2013 en Dhamma Mahi, en Francia, diez meses después de mi primer curso en España. Rellené la solicitud como ayudante y no como estudiante. Desde entonces he servido en Dhamma Malaya, Dhamma Java, Dhamma Geha y Dhamma Neru.
Un ayudante tiene unas tres horas al día en la sala principal con todos los demás. El resto del día, desde alrededor de las cinco de la mañana, estás de pie: preparando la sala, colocando cojines, cocinando para los estudiantes, recogiendo después.
La práctica no se detiene cuando sales de la sala, y tardas unos días en darte cuenta.
Mi inglés era malo entonces, así que durante cinco días hice en silencio lo que me iban diciendo. Y estaba enfadado. Enfadado con los platos, enfadado con la limpieza. Nunca había trabajado de verdad con las manos, y allí lo hacía diez horas al día y gratis.
Esa reacción conviene mirarla, no esconderla. En un curso, el ego no tiene de dónde agarrarse: solo está tu respiración. En la cocina tiene motivos de sobra: quién le dice qué a quién, quién trabaja menos, cuánto queda para terminar. Allí se muestra mucho antes que en el cojín.
El sexto día empecé, a propósito y sin demasiado sentimiento detrás, a sonreír. Nada más. Salí del estado tenso de “trabajador” en el que llevaba días y empecé a mirar a los demás ayudantes con algo de buena voluntad, en lugar de contar lo que hacían.
Casi de inmediato todo se volvió más ligero, y quedó claro qué hacer a continuación, que era justo lo difícil mientras estaba molesto. Mantener el buen ánimo entre diez personas y volver una y otra vez al responsable del curso a preguntar qué hace falta es un ejercicio de verdad. La indicación es la misma que en el cojín: nota la reacción, no la alimentes y vuelve.
Cocinar para una sala llena te enseña qué es de verdad la comida hecha con atención, y cambia tu manera de comer después. También ves la maquinaria: los tiempos, el trabajo callado que hace posibles diez días de silencio para otra persona.
Y aprendes qué significa dāna en la práctica. Nadie cobra. El curso que un estudiante hace gratis lo pagaron quienes lo hicieron antes, y lo sostienen personas que regalan diez días de su tiempo.
Los centros suelen pedir que antes hayas hecho un curso de diez días como estudiante. Después de eso, servir suele ser lo mejor que tienes a mano, sobre todo si este año no puedes hacer un curso completo.
Dos avisos prácticos. Tu concentración no será la del décimo día de un retiro: tres horas al día con trabajo alrededor son otra práctica, y los primeros días se van en acostumbrarte. Y si puedes, quédate después y haz el curso siguiente como estudiante. Eso hice en Francia, y veinte días seguidos me dieron más que cualquiera de las dos mitades por separado.
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