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Nota de práctica · 7 de octubre de 2026

La mente de mono y quién es el «yo» que la observa

Al cuarto día de práctica, casi todo el mundo ha descubierto que observar la respiración es más difícil de lo que parecía. La mente salta de rama en rama como un mono y no se queda quieta. Eso no es un defecto tuyo: es lo primero que la práctica tiene que mostrarte.


A la mente no le gusta el presente. Se va al pasado o al futuro, y rara vez se queda aquí. Por eso te tira una y otra vez hacia un lado y hacia otro, y tú solo te das cuenta después.

Fíjate, sin embargo, en lo que ya ha ocurrido. Has empezado a trabajar contigo. Has empezado a formar el hábito de sentarte con la espalda recta y de volver a la respiración. Las dos cosas son nuevas y ninguna es pequeña.

¿Te has preguntado alguna vez quién eres de verdad? ¿Qué es ese “yo” que dices todo el día? ¿De qué está hecho? Nombres — Pedro, Juan, María —, ¿qué hay detrás de ellos? ¿Cuántos apegos están atados a esa única palabra tan importante?

¿Es una persona? ¿O un conjunto de miembros y órganos? Sabes que tienes ojos, nariz, orejas, manos, dedos. Quizá sepas también de tus órganos internos, pero solo con la cabeza, sin haberlos sentido nunca desde dentro. Ahí dentro siempre está pasando algo. Lo que ocurre es que la mente todavía es demasiado burda e inestable para notarlo.

Esta práctica explora esas conexiones desde dentro, a través de la respiración, que, como un puente, une mente y cuerpo. Fíjate en lo inusual que es la respiración. Puedes controlarla un rato: acelerarla, frenarla, detenerla un momento. No puedes pararla mucho tiempo.

Por eso se eligió como objeto de la práctica. Al observar la respiración natural, sin tocarla, te acercas a lo que ocurre por sí solo, sin tu intervención: aceptas lo que pasa y aprendes de ello. Pero antes hay que calmar la mente agitada y limpiarla de todo lo que ha acumulado a lo largo de la vida.

Me resulta útil la comparación con un móvil. La carcasa es el cuerpo: diseño, color, material. El interior es la mente: memoria, velocidad, gráficos. Un teléfono se calienta y se ralentiza cuando tiene demasiado guardado y demasiadas cosas abiertas a la vez.

Cuando la pantalla es un caos de aplicaciones, haces limpieza: borras lo que no usas, quitas las fotos viejas, vacías la caché. Una mente concentrada hace algo parecido. La concentración funciona como la herramienta que libera al aparato de lo que lo atasca.

Es solo una analogía y no conviene estirarla. Aquí nada es automático. Cómo va la práctica depende de las cualidades que cada uno ha desarrollado, de su comprensión, de su disciplina y de lo que ya lleva guardado dentro.

A la pregunta del «yo» no se responde pensando con más fuerza. La respuesta llega despacio, observando, y la observación tiene su método. Mientras estás sentado, ten presentes tres cosas:

  • No te tenses. Quédate relajado y quédate quieto.
  • No reacciones a las sensaciones del cuerpo. Acéptalas y deja que las cosas ocurran de forma natural. Mantén la atención en la pequeña zona bajo las fosas nasales y reconoce qué tipo de respiración es: corta o larga, burda o sutil.
  • Mírate como mirarías al protagonista de una película: estudia, observa y mantén la atención donde la pone la instrucción.

Eso es todo lo que pide el día 4. No se te exige ninguna conclusión.

La gente espera una comprensión sobre el yo con fecha, y luego decide que la práctica ha fallado cuando no llega. Los estados y las comprensiones aparecen, pero no se encargan por adelantado ni se pueden forzar. Lo que sí puedes hacer es sentarte dos veces al día y seguir devolviendo la atención.

Si al sentarte empiezan a aparecer emociones fuertes o recuerdos antiguos, lee la página de seguridad antes de seguir.

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